No hay duda alguna sobre la calidad de banda imprescindible que se han ganado Los Tres en la historia de la música chilena. Sólo eso bastaba para justificar que Álvaro, Titae, Ángel y Pancho volvieran, con su formación original, a formar parte del festival más importante de este siglo en Chile, cerca del cierre de uno de sus escenarios principales.

Partiendo un minuto antes de lo esperado, a las 19:59 se escucharon las primeras notas de “Sudapara”, clásico del álbum debut del cuarteto penquista, marcando el inicio de una hora de desenfreno total en la noche.

La energía se desató desde el principio, con temas como “Gato por Liebre” y “Hojas de Té” que abrieron el camino para una sucesión ininterrumpida de canciones emblemáticas. Con el espíritu de antaño y evocando reminiscencias de un Ángel Parra noventero, la banda lanzó “La Torre de Babel”, dejando una marca imborrable en la velada.

“Silencio” y “Olor a gas” trajo a la memoria parte de los clásicos de “Fome”, ese emblemático álbum de 1997. Durante este tema se vivió un momento anecdótico cuando la cámara, apuntando al azar, capturó al animador Julio César Rodríguez entregado por completo a la banda, arrancando carcajadas en medio del público.

La intensidad se disparó con “Déjate caer” y “Un amor violento”, desatando un karaoke masivo que unió a todos los presentes, sin importar la edad. Luego llegó “Moizefala”, considerada por el mismo Álvaro Henríquez como una de las canciones más hermosas de la banda, elevando la emoción de la noche.

En el tradicional bloque acústico a mitad de show, Los Tres se adjudicaron, probablemente, ser los primeros en entonar cuecas en un escenario principal de Lollapalooza -sin contar las versiones en formato fusión de Los Jaivas-, tocando las clásicas composiciones del gran Roberto Parra con temas como “La perra con el perro” y “La vida que yo he pasado”.

La noche continuó con “He barrido el sol”, en el que un Ángel, visiblemente incómodo con la guitarra, dejó entrever la influencia de la bajada de temperatura que hizo que el público se abrigara en el Parque Cerrillos. Sin embargo, la atmósfera se recuperó rápidamente con “La espada y la pared”, donde el cuarteto entregó el nivel de potencia y calidad al que estamos acostumbrados.

Para cerrar, “No sabes que desperdicio tengo en el alma” evocó las guitarras pesadas de la época noventera, recordándonos los tiempos de “Se remata el siglo” (1993), para que, de manera sorpresiva, finalizara la jornada con su ya clásica versión de “Tu cariño se me va”. Este último tema preparó el ánimo del público para el headliner que cerraría el día en el mismo escenario.

Con estos 60 minutos de pura energía y nostalgia, Los Tres no solo prendieron la noche, sino que reafirmaron su legado en la escena chilena.

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Por Jorge Bolton Lagos

Bioquímico, músico y fanático de la música.

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