Con décadas de existencia y una carrera que ha avanzado entre circuitos under y una comunidad global profundamente fiel, Boris finalmente concretó su primer concierto en Chile. La respuesta del público no dejó espacio para dudas: Club Chocolate se repletó de fanáticos que recibieron al trío nipón con una devoción pocas veces vista, coronando uno de los debuts más densos, atmosféricos y violentamente hipnóticos que el recinto de Bellavista ha presenciado, con Rock Legacy estuvimos ahí para contarte los detalles.
La ansiedad se mostraba en los rostros del público, quienes contaban minuto a minuto apenas el reloj cruzó la hora acordada para comenzar el show, manteniendo cómo único adelanto un llamativo bong al medio del escenario y la reconocible guitarra-bajo de Takeshi a un costado. A las 21:10, con un leve retraso que solo amplificó la expectación, Takeshi, Wata y Atsuo aparecieron entre una ovación ensordecedora, envueltos inmediatamente en una gruesa capa de ruido disonante que cubrió cada rincón del club.
El inicio con “Blackout” marcó el tono de lo que sería la noche: Atsuo imponiendo el pulso desde la batería, dirigiendo los gritos del público con gestos casi ceremoniales, mientras Takeshi y Wata levantaban un muro de distorsión que hizo vibrar hasta el piso. Pero fue con la seguidilla “Pink”, “Woman on the Screen” y “Nothing Special”, todas del álbum “Pink” que cumple 20 años en 2025, que la euforia terminó por desbordarse. Así fue la primera gran sección del show: explosiva, inclinada al stoner y construida sobre riffs que golpeaban directo al pecho.

Luego vino un cambio de atmósfera. La banda dividió su presentación en bloques muy marcados, y la segunda etapa se hundió en el drone metal y el ruido denso, con piezas como “Electric”, “A Bao A Qu”, “Akuma no Uta” y “The Evilone Which Sobs”, donde Wata sostuvo largos pasajes de guitarra saturada mientras Atsuo, convertido en una especie de maestro de ceremonias, sincronizaba cada golpe con un gesto, una mirada o una orden silenciosa al público.
Pero si hubo un quiebre definitivo en la noche, ese fue “Just Abandoned Myself”. El tema detonó una energía que desbordó completamente la sala: crowdsurfing, saltos, gritos y un tramo final completamente entregado al drone, con la banda estirando la distorsión hasta rozar lo insoportable y el público respondiendo como si se tratara de un trance colectivo.
Para el encore, sucedió uno de esos gestos que quedan en la memoria de los fans: subieron una torta al escenario para saludar nuevamente a Wata por su cumpleaños, mostrando a la guitarrista con un gesto tímido de agradecimiento. Lo que vino fue simplemente perfecto: las partes II, III y IV de “Feedbacker”, un final épico que resume todo lo que Boris sabe hacer: la tensión, el ruido, la belleza escondida entre capas de distorsión, el control absoluto del caos.
El público quedó extasiado, feliz, pero también con la sensación de que habría seguido escuchando una hora más sin dudarlo. Y en ese punto es imposible no celebrarlo: que productoras locales estén apostando por traer bandas de nicho con fandoms leales demuestra que hay un público hambriento, atento y dispuesto a llenar salas para ver a sus artistas favoritos. Boris lo confirmó en su primera noche en Chile, era una deuda pendiente y su pago fue arrollador.
Produjo Matahari.
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