El recorrido de Tom Warrior durante el fin de semana fue, literalmente, un tríptico: como parte de la primera edición del Chile Terrorfest, el sábado desató la crudeza prístina de Triumph of Death; el domingo revisó la historia de Celtic Frost junto a Triptykon; y anoche cerró el ciclo con un set centrado en su propio repertorio, la faceta más actual y personal de su obra. Después de dos jornadas habitando su pasado —primero el más remoto, luego el más influyente—, esta última fecha lo mostró mirando hacia adelante.
Pero la velada comenzó dos horas antes con el sólido show de la banda nacional Meridion, que se alzó sobre el escenario con “Cold Primitive Land”, una pieza que mezcla paisajes telúricos y espíritu ancestral, incluida en su más reciente trabajo Caverns (2024). Con “Calafate”, la banda llevó la intensidad hacia un terreno más ritual y marcado por pulsos densos, antes de acelerar el ánimo colectivo con la ferocidad breve pero encendida de “Selknam’s Cry”. Ya entrada la presentación, “The Curse of Maquehua” afianzó ese imaginario de fuerzas subterráneas y tradición oscura que distingue a Caverns. El cierre ceremonial con “Behold Man From Monteverde” condensó todo ese arco: un viaje desde lo primitivo hacia lo ancestral, donde Meridion terminó afirmando su identidad con un golpe final de solemnidad y fuego.
La segunda ronda de brutalidad estuvo en manos de unas verdaderas leyendas del death metal criollo: Unaussprechlichen Kulten, quienes iniciaron su descenso al abismo con la introducción instrumental “H.P.L. Wake Up in Walpurgisnacht”, un umbral perfecto para la oscuridad que se avecinaba. El verdadero estallido llegó con “Cultes des Goules”, donde su imaginería lovecraftiana se transformó en un asalto inmediato y visceral. Con “Dho-hna Formula” la banda asentó su sello: riffs convulsos, atmósfera arcana y una interpretación que rozaba lo ceremonial. Hacia el tramo final, una dupleta de Häxan Sabaoth, su más reciente trabajo: “Lamia Sucuba” empujó la velada hacia un pulso más macabro y enrarecido, antes de que “Die Teufelsbücher” —extensa, malévola, casi litúrgica— cerrara el set como un verdadero ritual de clausura.
La ambientación previa —“The Host of Seraphim” y luego “Cantara” de Dead Can Dance— ya insinuaba que el último acto de la ceremonia estaba por comenzar. Cuando las luces se apagaron por completo, el recinto intensificó su estatus de caldera, pero ahora aguardaba expectante. Triptykon emergió entre sombras y abrió con “Goetia”, una irrupción solemne y abrumadora que instaló de inmediato el tono de la velada: monumental, oscuro, deliberado. “Abyss Within My Soul” profundizó esa inmersión en un estado casi hipnótico, mientras que “Tree of Suffocating Souls” reanudó la violencia con una descarga más directa, un retorno a la forma más incisiva del grupo. “Altar of Deceit”, por su parte, consolidó ese primer tramo como una secuencia de tensión creciente.
Tras media hora de presentación, Tom Warrior rompió momentáneamente el hechizo para saludar (“Good evening, Santiago… again”). El público gritó a voz en cuello “¡Warrior!”, saludo que él retribuyó en español (“gracias”) y la banda con un par de clásicos de Celtic Frost: “Dawn of Megiddo”, que encendió la memoria colectiva, y una estremecedora “A Dying God Coming Into Human Flesh”, cuyo dramatismo sumó un peso emocional distinto, casi litúrgico.
El cierre fue reservado para un último ascenso. “Aurorae” introdujo un respiro melancólico, una claridad momentánea antes del descenso final. Y entonces llegó “The Prolonging”: extensa, envolvente, un mantra de densidad creciente que absorbió el espacio y clausuró el tercer vértice del tríptico de Warrior en Chile con un magnetismo aplastante. Más que una canción final, fue una purga: un final inevitable que dejó al público suspendido entre agotamiento, reverencia y absoluto silencio.

