La pasada noche del 7 de enero en el Teatro Biobío, Carlos Cabezas celebró 40 años de carrera con “Mil Cabezas”, un concierto sólido y concentrado, de esos que no buscan impresionar desde el exceso, sino desde el peso de las canciones y el control del escenario. Sin grandes gestos ni discursos innecesarios, el foco estuvo puesto en la música y en una interpretación que privilegió el detalle y una ejecución que dejó ver oficio, escucha y experiencia.

El Teatro Biobío funcionó como un marco adecuado para este tipo de propuesta: un espacio que permitió apreciar matices, silencios y dinámicas, y que reforzó la idea de un concierto pensado más como experiencia musical que como un espectáculo masivo. La audiencia respondió con atención y respeto, acompañando cada tramo del show sin interferir en su ritmo.

La presentación fue una confirmación de vigencia. Carlos Cabezas sigue entendiendo el escenario como un lugar de trabajo y a la vez una “zona de confort”; fue un recital sobrio, bien construido y coherente con una trayectoria que nunca ha dependido del piloto automático. No hubo intención de convertir el show en recuerdos del pasado ni de apelar a la nostalgia como atajo. Lo que se vio fue un artista concentrado en el aquí y ahora, trabajando las canciones con atención al detalle y sentido de riesgo.

La cita comenzó con una máquina en el escenario: el destacado músico se acercó con calma a ella y se sentó como un operador del sonido. Se abrió el telón, apareció la banda e iniciaron con “Bailando en Silencio”, y luego una melancólica “No estás”; el repertorio recorrió distintas etapas de su trayectoria, abordadas desde una lectura actual, sin intentar reproducir versiones de archivo. Dentro del concierto existieron tiempos determinados: alternando momentos más contenidos, con pasajes de mayor intensidad tocando como banda, y otros acompañado sólo de un piano eléctrico o de un acordeón.

Compartieron escenario junto al artista La Banda del Dolor, compuesta por Mauricio Melo en guitarra, Edita Rojas en batería, Gonzalo López en bajo, Nicolás Quinteros en teclados y Paolo Murillo en guitarra, junto a invitados como Pancho Molina, Valentín Trujillo o Alvaro López, entre otros.

La presentación comenzó en formato banda, que tras un primer bloque, la escena entró en un intermedio que rompió la lógica clásica de un recital. Desde el público apareció Cuti Aste tocando el acordeón, y posteriormente el escenario quedaba envuelto en sonidos de la naturaleza que funcionaron como transición. A partir de ahí, la música derivó hacia capas de sintetizadores hasta que Carlos Cabezas regresó al escenario en solitario, acompañado únicamente por un piano eléctrico, y con invitadas en las voces. Más adelante, el concierto volvió a expandirse con la incorporación de instrumentos, e invitados.

En uno de los momentos reflexivos de la noche, el líder de Electrodomésticos compartió una idea respecto a la música: “La conexión que tiene la música es única y hay que cuidarla. Nos conecta desde la guata, sin distinciones: ni de piel, ni de idioma, ni de nada. Hay que cuidar esa conexión”, señaló.

Hacia el cierre, el músico se tomó un momento para mencionar que Angelo Pierattini estaba considerado como invitado al show y pidió enviarle fuerza en su proceso de recuperación. El público respondió de forma espontánea y unánime, coreando junto al músico: “Newen Weichafe Angelo”. Un momento breve, pero cargado de sentido y cariño.

Un detalle personal terminó por cerrar la experiencia. Cerca de las 18:00 horas, antes del concierto, al pasar en bus frente al teatro, una imagen llamó mi atención: un hombre vestido de plomo, sentado en el paradero, mirando a lo lejos con calma absoluta. Al observar con más detención, era Carlos Cabezas. Una escena cotidiana y silenciosa, casi una postal, que resumía bien el tono de la noche: cercanía, oficio y música entendida como parte de la vida diaria.

Fotos: @gonzalo.balboa.fotos

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