En abril de este año, Gore, la octava placa de Deftones, cumple diez años y hoy luce como una rareza incómoda dentro de su catálogo. No porque carezca de méritos, sino porque encarna una tensión que la banda nunca volvió a exponer de forma tan abierta. Es un trabajo que debutó alto, fue bien recibido por la crítica y, aun así, terminó relegado a una zona casi fantasmal de su historia: hoy, prácticamente ha desaparecido de sus shows. Solo “Prayers/Triangles” logró sobrevivir parcialmente, reapareciendo en 2025, mientras que el resto del disco, con la excepción de “Phantom Bride” —recordada por su solo de guitarra a cargo de Jerry Cantrell de Alice In Chains y que volvió a sonar en un escenario en el “Día de los Deftones” de 2023, tras cinco años fuera de los setlists—, se mantiene ausente de las presentaciones en vivo más recientes.

Desde lo musical, este sucesor de Koi No Yokan fue producido por Matt Hyde en conjunto con la banda y se articula sobre contrastes internos más que sobre una identidad unificada. “Acid Hologram”, de pulso mesurado y tempo medio, crea una atmósfera enrarecida: acordes abiertos, dinámica contenida y tensión que nunca termina de explotar, reflejando la línea de la letra: “tu luz se desvanecerá y nuestros corazones se sincronizarán a tiempo”. “Doomed User”, en cambio, se apoya en un ritmo más marcado y estructura casi marcial, funcionando como uno de los momentos más frontales del trabajo, con la hostilidad contenida en versos como “mi corazón es negro y nunca sentiré”.

Geometric Headdress” y “Hearts / Wires” marcan el quiebre emocional del disco. La primera avanza con un balance inestable entre agresión y melodía, mientras la segunda desacelera todo hasta rozar lo introspectivo: notas suspendidas y una interpretación vocal que parece más frágil que épica. Como canta Chino Moreno, cortar a través del “alambre de púas” y devorar el corazón refleja la sensación de fragilidad y exposición que atraviesa el tema. No es casual que el guitarrista Stephen Carpenter haya descrito este tema como particularmente incómodo de abordar; ahí se expone con claridad la fricción creativa que atraviesa todo Gore.

En la segunda mitad, temas como “Pittura Infamante” y “Xenon” retoman la energía y la densidad rítmica, pero sin ofrecer una resolución clara. Son composiciones más físicas, con un movimiento propio que arrastra el disco hacia adelante sin cerrar del todo sus ideas, evocando ritual y devoción (“me arrodillo ante el altar, tallo tu nombre”) o fuerza incontrolable (“somos los leones en las puertas, diamantes en tu cerebro”), reforzando la intensidad de los temas. “(L)MIRL” y la canción que le da nombre al álbum refuerzan esa sensación de deriva: atmósferas densas, enfoques texturales, y la noción de atrapamiento y juego presente en Gore (“yo te metí en este juego; que no se te olvide”), sugiriendo control y sumisión persistente. “Rubicon”, por último, actúa como cierre ambiguo, potente en lo rítmico y cargado de deseo y entrega (“no puedes enfrentar a la multitud solo, abraza el poder que tenemos”), pero carente de un gesto conclusivo.

A una década, Gore se entiende mejor como un documento de fricción que como una obra definitiva. Fallido en cohesión y proyección escénica, intrigante como registro de una banda que decidió no suavizar sus diferencias, permanece como un espectro en el repertorio de Deftones: casi intangible en los escenarios, pero con su huella creativa aún palpable.

Por Eduardo Soto González

Profesor de Inglés de profesión, cronista musical por vocación.