La historia ha fracasado, quizás la memoria también. Vivimos en una sociedad que olvidó rápidamente por qué se valora la república y se repudian las dictaduras. Quizás también olvidó lo que es realmente una dictadura y hasta dónde puede llegar; difícilmente nos explicamos de otra forma la admiración a figuras tiránicas o autoritarias, “iliberales”, dirán otros.

Ante el fracaso de la educación, la memoria juega otro rol. El recordar sin teorizar, el recordar consciente de que la memoria falla, pero que también trae sentimientos y pinta con diferentes colores el grisáceo del pensamiento en las ciencias sociales. Desde ahí, la memoria apela a las emociones y es una de las últimas cartas para una sociedad que consume información chatarra y vive bajo el peligro constante y dominante de la desinformación.

La noche del 04 de septiembre, a una semana de otra conmemoración fatídica de un 11 de septiembre, así como a 56 años de Salvador Allende tomando el poder, Tenemos Explosivos se presentó para volver a interpretar su producción del año 2012, “Derrumbre y Celebración”, junto a un puñado de canciones del repertorio general que nos traen al recuerdo justamente el esfuerzo de la memoria. 

El conjunto nacional no toca en vivo tan seguido como sus fans quisieran, y es por eso que no consideramos una coincidencia que, a días del 11, con la memoria frágil dándonos una marcha fúnebre en la vida política de hoy, la banda se haya presentado en el Teatro La Cúpula con sus habituales ropas negras, que nos permiten presumir que siguen vistiendo el luto por las incontables víctimas de la dictadura y cuyos nombres han decidido escribir “en todas las paredes de la tierra”. 

Si bien es un placer disfrutarlos de nuevo, celebrando también el desafío intelectual de entender todos sus mensajes, jamás superfluos, el contraste de la memoria y el presente que vivimos deja un sabor amargo, que es todo lo contrario a lo que la banda quiere inspirar cuando toma el micrófono entre canción y canción citando la realidad nacional.

La noche se abrió con los jóvenes de Estoy bien, banda de punk que se encuentra a punto de sacar su segundo disco y que con los éxitos de la obra debut “Apoyo Emocional” hiló una apertura energética con canciones como “Piel”, “Ahora” y “Lo difícil se hizo largo”. Demostraron capacidad de enfrentar cualquier público, de sonar profesionalmente y entretener incluso al oyente ortodoxo que solo va a consumir el plato de fondo.

A eso de las 21:35 los colores de Derrumbe y Celebración dominaron el escenario para que los cinco miembros de Tenemos Explosivos lo abordaran y abrieran la música en el mismo orden en que se desenvuelve el disco que conmemoraban. 

“El Mejor jugador del fuego” fue en consecuencia la pieza inaugural que representó bien la rabia que acumulan las letras a través del fuego de Prometeo, que ya no sirve para iluminar una sociedad desconcertante, sino que para destruir nuestro Pompeya y la debacle civilizatoria. La canción levantó rápidamente coros coordinados y el caos en las primeras líneas del público. 

A medida que pasaron las canciones no hubo en el público ninguna intención de callar, de dejar de saltar o de corear cada palabra. “El Misterio de Kosovo” citó a los cobardes y nos recordó los Balcanes como ejemplo de tragedia histórica, mientras el “Mosaico de Pella” nos habló de la brutalidad de los hombres en esas mismas instancias (nuestra propia centauromaquia). 

Antes de pasar a “Cuerpo al aire”, la canción que representa la absoluta desesperanza del presente y que tiene un significado especial en todos quienes recordamos a Eduardo Miño cuando éramos adolescentes de la transición, Eduardo Pávez se dirigió al público para preguntarles dónde estaba ese movimiento que en las últimas décadas parecía demostrar que la consciencia social seguía viva. En sus palabras abunda aún la esperanza, el antónimo de lo que sentimos algunos frente al curso actual del mundo y del país, y que con más discordia cantamos sobre esa justicia que no llega, que nunca llegó al cuerpo calcinado de Eduardo Miño ni al de tantos chilenos.

Volvimos a la rabia del presente citando las injusticias sociales que se mantienen vivas a través de las desgarradoras letras de “Piratas y emperadores”, que nos llevan a Chomsky o San Agustín. Antes de pasar a “Termodinámica” son las palabras de Alejandro Dolina las que anteceden la canción, buscando fórmulas de redirigir las brutalidades que vivimos hacia caminos artísticos o intelectuales que alimenten el alma, antes que alimentar la ambición que pasa por alto la humanidad a cualquier costo. 

El malestar se concentró en “Todas las barricadas del mundo”. El cadáver de Joan Alsina sobre el Río Mapocho y el perdón inútil a su ejecutor nos recuerdan con impotencia que en el Poder Ejecutivo y Legislativo hay hoy quienes justifican y maquillan los asesinatos de la dictadura. Nos recuerdan que hay también hoy un proyecto de reforma constitucional que le permitiría al gobierno las mismas atribuciones con las que se detuvo al protagonista de la canción, antes de asesinarlo sin un juicio.

Después de la “Democracia según Nerón”, llegó “La Matanza de Corpus Christi”, uno de los himnos del disco y que recuerda la brutalidad extrema con que muchas personas fueron tratadas y que se grafica en el legado de los cadáveres encontrados y las muertes de la Operación Albania. “La Viuda de Namir” nos llevó a la Guerra de Irak mientras el coro se mantiene vivo y recuerda las atrocidades que se extienden por el mundo hasta hoy con injusticia, impotencia y deshumanización. 

Acercándonos al final del recorrido por la obra debut, “Antígona 404” coincide con el recuerdo fatídico de septiembre que concentra la mayor parte de la noche y del camino discográfico de la banda, pues cita a quienes piden “enumerar los muertos y hacer una aproximación epistemológica del dolor”, que son aquellos mismos que no debieron atravesar la profunda angustia de la pérdida  y que hoy prefieren reír ante la importancia de la memoria, o celebrar con superficialidad su propia ignorancia, que los hace indemnes del dolor de un país que no parece aprender sus lecciones, ni querer hacerlo. Es la misma canción la que nos recuerda que “No hay peor analfabeto que el analfabeto político”. En el curso de la canción y mientras el escenario nos invita a “que la rabia sea un motor”, Juanjo lanzó su guitarra y volcó el declarado amor a su público en un surfeo sobre este.

El cierre del disco vino con “Un banquete para tiestes”, antes de entregarnos a cuatro canciones de los otros tres álbumes. La memorizada intro de “La Libertad Absoluta y el Terror” abrió esta última etapa, para ser seguida por “Santos de Lisboa”, “Montreal, 400 Negativos” y “San Borja”. En todas ellas vimos nuevamente el esfuerzo de la memoria por recordarnos que la brutalidad fue la respuesta cuando la desigualdad en la que se regocijan algunos se vio amenazada. Antes de “Santos de Lisboa”, Eduardo volvió a advertir cómo la Ventana de Overton se ha movido en la dirección contraria a la que debería dejar el verdadero aprendizaje histórico. Lo anterior se ve tristemente confirmado en cada encuesta que muestra el gusto por el autoritarismo, por gobiernos que no respetan la separación de los poderes, el debido proceso ni las libertades individuales.

Las canciones de Tenemos Explosivos hicieron anoche aquello que han logrado siempre, aprovechando también las ventajas de un subgénero musical que apela a aquello, a emocionarnos, pero esta vez de la mano de un recuerdo tan real como doloroso. En el intento de respetar a las víctimas no explicitamos siempre las brutalidades cometidas, y el camino musical que trajo “Derrumbe y Celebración” es una de las vías por las que aún podemos apelar a la memoria, frente a una Historia que ya fracasó. Tenemos Explosivos son las emociones como metodología ante la condena de la repetición y la brutalidad humana.