Fotografías: Daniel Saa | Instagram: @danodelfuturo

El Teatro Caupolicán no recibió un concierto convencional, sino una ceremonia donde el rock, la raíz andina y la memoria volvieron a encontrarse. A 45 años de “Alturas de Macchu Picchu”, Los Jaivas regresaron al escenario donde presentaron la obra por primera vez en Chile durante 1982, demostrando que estas canciones continúan respirando en cada generación.

Cerca de las 20:50, cantos de aves y sonidos de la naturaleza envolvieron el recinto. Desde ambos costados de la cancha avanzaron bailarines vestidos como diablos de La Tirana, portando la esfera luminosa de la portada de “Alturas de Macchu Picchu”, después, un bailarín quedó solo sobre el escenario, como guardián de una puerta ancestral. “Corte incaica” acompañó el rito antes de que “Del aire al aire” hiciera ascender al público hacia las ruinas y preparara la aparición de la banda.

Fotografías: Daniel Saa | Instagram: danodelfuturo

“La poderosa muerte” emergió con la solemnidad de un templo, donde el piano de Claudio Parra, los vientos y la intensidad del conjunto enfrentaron la fragilidad humana con aquello que permanece en el tiempo. Al terminar, Claudio describió una anécdota sobre la canción, dijo que solo faltaba grabar la voz del Gato Alquinta, pero una afonía se lo impedía, contó entre risas cómo un practicante le administró una inyección de azufre (era una monja), dijo que el efecto duraba poco tiempo y así consiguió completar una interpretación irrepetible. Después, Claudio dio paso para escuchar la pista original con la voz del Gato, el Caupolicán respondió con una ovación estremecedora, donde por un instante, la ausencia dejó de ser silencio, para transformarse en eternidad a través de la obra de Los Jaivas.

“Amor americano” devolvió el movimiento y calidez al viaje del álbum, mientras “Águila sideral” abrió sus alas sobre un paisaje cósmico. Antes de “Ruinas”, Claudio explicó que aquella pieza y “Caminos” estaban vinculadas a la película frustrada de Uberto Sagramoso, sobre un mochilero rumbo a Machu Picchu. “Ruinas” sonó como una excavación musical a través de la ciudadela y “Caminos” recreó, a través de sus instrumentos, la extensa travesía del viajero. Rescatando dos canciones inéditas en su repertorio.

“Antigua América” buscó entre las piedras y el tiempo a quienes levantaron la ciudad. “Sube a nacer conmigo hermano” convirtió esa búsqueda en un llamado colectivo, donde la voz se dirigió al campesino, al tejedor y al trabajador anónimo, mientras el ritmo crecía hasta devolver dignidad a quienes la historia dejó sin nombre. No cantaban solamente Los Jaivas, sino que el teatro entero parecía pedir que los muertos regresaran para contar su historia. “Final” cerró la obra como un lento descenso desde la montaña, dejando su eco suspendido en el recinto.

Claudio Parra presentó “Arauco tiene una pena”, la combativa composición de Violeta Parra que denuncia siglos de injusticia, violencia y despojo contra el pueblo mapuche. Los Jaivas la envolvieron con su identidad progresiva y latinoamericana, transformando el Caupolicán en un espacio de memoria y resistencia, donde cada instrumento amplificó la vigencia de un dolor que todavía no encuentra reparación, mientras el público escuchaba con respeto un canto que no pertenece solamente al pasado, sino también a las heridas abiertas del presente.

“Mira niñita” abrió el repertorio más popular con una ternura capaz de atravesar décadas. Las primeras notas bastaron para que padres, hijos y abuelos cantaran juntos, transformando la inmensidad del Caupolicán en una conversación íntima. “Aconcagua” levantó la fuerza de la cordillera, mientras “Mamalluca” proyectó la mirada hacia un cielo donde lo ancestral y lo cósmico volvieron a tocarse.

Antes de “Hijos de la tierra”, Juanita Parra recordó a René Olivares, artista esencial del imaginario visual de Los Jaivas, fallecido el año pasado. Su nieto Gaspar Olivares tocó el acordeón junto al grupo y convirtió la canción en herencia viva: una memoria familiar y artística avanzando hacia otra generación.

“Pregón para iluminarse” encendió el último tramo con una celebración llena de energía. El público abandonó sus asientos para bailar ante aquel llamado de amistad, amor y esperanza. Después, “Todos juntos” desató la euforia definitiva, donde generaciones distintas levantaron la voz en un mismo coro, demostrando que su mensaje de unidad conserva intacta la capacidad de reunirnos.

Cuando las luces se encendieron, quedó la sensación de haber recorrido una montaña inmensa hecha de canciones, recuerdos y ausencias. Los Jaivas no celebraron únicamente los 45 años de un disco. Nos recordaron que la música alcanza la eternidad cuando logra que quienes ya no están vuelvan a vivir en la voz de quienes seguimos cantando.

 

Por Angel Ordenes

Periodista y redactor en Rock Legacy | Instagram: @shadowangel__