Black Label Society, Teatro Coliseo. Foto por Beth Sabbath

Hay conciertos que funcionan como espectáculo, y otros que se sienten como un ritual, una reunión de viejos amigos con códigos metálicos compartidos. Lo de Black Label Society anoche en Teatro Coliseo fue un verdadero ritual eléctrico que convocó generaciones enteras en torno a riffs, distorsiones y homenajes a los grandes próceres musicales de todos los tiempos que ya han partido.

El reloj marcaba las 21:00 hrs. -casi de reloj- de un jueves ad portas de un esperado feriado y el público comenzaba a rugir en un venue a tablero vuelto. De un momento a otro se escuchó fuerte “Whole Lotta Sabbath”, la esperada intro de la banda que es una amalgama musical perfecta que mezcla las voces cálidas y a la vez feroces de Ozzy Osbourne y Robert Plant, símbolos de dos pilares del hard rock y el heavy metal, sonido del que BLS bebe directamente: riffs pesados, groove, blues rock y actitud, por lo que es una rotunda declaración de principios.

Se ilumina el lienzo de la banda, cae enérgicamente y vemos aparecer a un imponente Zakk Wylde junto a su inseparable Les Paul para devorarse el escenario. El show inició con “Funeral Bell”, un clásico del disco “The Blessed Hellride” (2003), por lo que el ambiente inmediatamente se tornó espeso y vibrante, una marca registrada del cuarteto estadounidense.

Con Zakk Wylde a la cabeza, John DeServio en el bajo, Dario Lorina en guitarras y Jeff Fabb en batería, Black Label Society confirmó desde el primer riff por qué sigue siendo una banda sólida, con carácter e identidad propia que navega entre el sludge, el hard rock sureño y el metal clásico; lo constatamos directamente con “Name in Blood” y “Destroy & Conquer”, cortes de sus últimas dos placas “Engines of Demolition” (2026) y “Doom Crew Inc.” (2021), respectivamente, que hicieron levantar puños y mover cabezas entre el enérgico público presente. 

Sin duda, el Teatro Coliseo ayudó a que todo se sintiera más directo, casi táctil, sin distancias. Aquí no hay pantallas gigantes ni coreografías ensayadas: hay amplificadores rugiendo y un público que responde con el cuerpo y con su voz, coreando cada canción como si se tratara de himnos o trances colectivos que envuelven al público tras cada revelación musical liderada por un imponente Wylde desde una tarima que lo eleva a los cielos entre guitarras, faldas y dorados pelos largos. 

Así se daba paso a un repertorio que avanzó con “A Love Unreal” y “Heart of Darkness”, sencillos que mantuvieron esa intensidad característica que prepararía la antesala para el primer momento emotivo de la noche: la versión de “No More Tears” que fue coreada de forma catártica por los asistentes, al ser el primer homenaje a ese hermoso dueto y grupo de poder que formaban Wylde y Ozzy Osbourne en los 90’s.

Para continuar en el mismo mood, el piano se hizo notar al iniciar los acordes perfectos del clásico “In This River”, tributo a Dimebag Darrel y Vinnie Paul de Pantera, hermanos musicales de Zakk, por lo que el momento se volvió litúrgico, religioso y muy respetuoso entre los asistentes, quienes escucharon y contemplaron atentamente y en silencio esta dedicatoria musical y emocional que siempre termina con Wylde lanzando un beso al cielo.

El setlist continuó navegando con naturalidad entre distintas etapas de la banda y a esa altura de la noche era el momento de los seguidores más fieles y veteranos de BLS, quienes hicieron una parada obligatoria por los clásicos de comienzos de los 2000’s “The Blessed Hellride”, “Set You Free” y “Fire It Up”. La reacción fue inmediata: puños en alto y voces al límite. 

Para continuar esa adrenalina, por supuesto que duelo de solos y riffs con guitarras al aire y detrás de las espaldas de Wylde y Lorina, quienes dejaron constatado su virtuosismo puro, complicidad y camaradería; y, de paso, nos invitaban a escuchar otra de las más conocidas de antaño y coreadas por los asistentes: “Suicide Messiah”, uno de los cortes motoqueros y hasta medios stoner de BLS que hacen transpirar cuero, remaches y accesorios de metal. 

Para comenzar a cerrar la noche, las pantallas se iluminaron con fotografías de un sonriente y jovial Ozzy Osbourne. Fue el momento de “Ozzy’s Song”, una despedida del artista desde lo más profundo del corazón, desde el amor, la admiración y el dolor. Compuesta y escrita por Wylde, este sencillo de la última placa de BLS nos recuerda que en la esencia de la banda no solo hay guitarras que rugen y solos que explotan, sino que también hay sentimiento, honestidad, admiración y respeto.

El broche de oro fue “Stillborn”, clímax perfecto para empezar a despedir una jornada que tuvo absolutamente de todo y donde la tónica es una banda que funciona como una máquina bien aceitada, con un peso clave, un sonido característico e identitario y una trayectoria de más de 20 años que los respalda y posiciona como una de las bandas vigentes más importantes del groove y el metal  en la actualidad. 

Más que una gira promocional del último disco, lo de anoche se sintió como una reafirmación de identidad. Black Label Society no vino a demostrar nada nuevo, porque tampoco lo necesita. Su propuesta sigue siendo clara: volumen, metal, voces desgarradas y una conexión casi tribal con su audiencia. Y, a estas alturas del ruedo, en un contexto donde muchos shows apuntan a lo espectacular, esa honestidad termina siendo, paradójicamente, lo más distintivo.

Setlist:

  • Funeral Bell
  • Name in Blood
  • Destroy & Conquer
  • A Love Unreal
  • Heart of Darkness
  • No More Tears
  • In This River
  • The Blessed Hellride
  • Set You Free
  • Fire It Up
  • Suicide Messiah
  • Ozzy’s Song
  • Stillborn

Revisa la galería fotográfica a continuación:

Galería | Black Label Society en Teatro Coliseo

  • Nota escrita por: Carla Grandón Lepe, Periodista Musical y Comunicadora Social | Instagram: @carlitacobhc
  • Fotografías: Beth Barría | Instagram: @beth.sabbath

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Periodista, viajera, melómana, amante del rock clásico y el Heavy Metal.