Hay proyectos que van dejando marcas en fuego, otros en tinta, pero definitivamente los que perduran por generaciones son los que dejan su huella en piedra. Corrosion of Conformity es uno de esos. Desde sus comienzos y hasta inicios de siglo, su legado se fue construyendo con cincel. Lento, pero a paso firme.
C.O.C.(Corrosion of Conformity) nace a comienzos de los 80 en Carolina del Norte, cuando el hardcore todavía era sudor, ruido y actitud más que industria. Sus primeros años estuvieron marcados por un sonido crudo, rápido y político, heredero directo del punk y el crossover estadounidense más áspero. Discos como “Eye for an Eye” y “Animosity” los posicionaron como una banda molesta, enrabiada, sin ningún interés por pulirse ni agradar a nadie. Eran tiempos de giras en combis, escenarios pequeños y una ética DIY que se sentía en cada riff acelerado y cada grito contra el sistema.
El giro llegó en los 90s, cuando C.O.C. bajó las revoluciones sin perder peso y encontró una identidad que los llevó a otro nivel, una estación oscura a lo Black Sabbath. Con “Blind” y, sobre todo, “Deliverance”, la banda mezcló sludge, metal y groove sureño, sumando riffs densos, tempos arrastrados y una actitud más oscura y pesada. MTV comenzó a rotarlos, los escenarios crecieron y el nombre Corrosion of Conformity pasó de culto hardcore a referente del metal alternativo de la década. No se traicionaron y lograron algo poco común: evolucionar, sonar más grandes y mantener intacta esa sensación de banda callejera que vive a punto de hacer explotar al mundo.
Así llegamos a la Sala Metrónomo, lunes, 20:30 horas y con mucho calor. Los locatarios de Bellavista se veían sorprendidos de que las mesas de sus locales estaban repletas de jóvenes que vivieron su adolescencia entre el 90 y los 2000. Poleras de bandas, pantalones militares cortados. Una fanaticada fiel. Que por más de 30 años han revisitado discos y canciones que marcaron un momento. Y que la tarde de ayer encenderían el brillo de las pupilas de los cientos que repletaron el local de Recoleta.
A las 21:15 todo comenzó. Más que un concierto, fue un repaso vivo, crudo y sin concesiones por lo mejor del catálogo de Corrosion of Conformity. Un confesionario de la trayectoria por la carretera del pecado. Desde el primer track de “Bottom Feeder” quedó claro: esto no era nostalgia, esto era rock corrosivo y oxidado.
El grupo recorrió clásicos esenciales como “Paranoid Opioid” y “Wiseblood” con precisión quirúrgica, equilibrando ese groove pesado que los caracteriza con una presencia escénica que supo conectar con el fervor chileno. “Seven Days”, “Broken Man” e “It Is That Way” reafirmaron la mezcla perfecta entre potencia y psicodelia, esa dualidad que pocos pueden manejar con tanto oficio, pero los que lo hacen son dioses.
La noche tuvo momentos que parecieron estocadas sonoras directas las muñecas. “King of the Rotten” y “Vote With a Bullet” hiriendo la memoria. Mientras que piezas como “My Grain” y “Shake Like You” avivaron el fuego interno del público.
Para cerrar una noche redonda, C.O.C. no bajó el listón. “Mad World“, “Albatross” y “Clean My Wounds“. A la segura. Tres clavos que –sin delicadeza– sellaron una calurosa noche santiaguina, donde la Sala Metrónomo que no podía recibir a ni un alma más, vio despedir el último aliento adolescente de muchos nacidos en los 70s, que vinieron a degustar del veneno más corrosivo antes de volver a la realidad.
Fue un show devastador. Un cuarteto sólido y virtuoso. Nos fuimos apurados, ya que era lunes y la maldición gitana nos podría perseguir una vez más. Y entendemos que estamos en verano y esto recién comienza. Así que nos guardamos hasta la próxima porque en Rock Legacy no nos perdemos ningún show y todavía tenemos muchas cosas que contar. Nos vemos pronto.

