El regreso de Deftones a Chile era, desde mucho antes de que comenzara el festival, uno de los momentos más esperados de la edición 2026 de Lollapalooza Chile. No solo de la jornada inaugural: de todo el evento. La banda californiana no visitaba el país desde 2018, y su retorno coincidía además con otro guiño histórico: la primera vez que participaron en el festival fue precisamente en 2011, en la edición debut realizada en el Parque O’Higgins, el mismo recinto al que el evento volvió este año tras cuatro versiones en Cerrillos.

Con el Banco de Chile Stage completamente colmado, el grupo apareció sin preámbulos con “Be Quiet and Drive (Far Away)”, desatando de inmediato una atmósfera expansiva y envolvente. La canción, tan coreable como melancólica, funcionó como un puente perfecto entre generaciones de seguidores que respondieron con un coro multitudinario desde los primeros minutos. Desde los primeros acordes, Abe Cunningham marcó un pulso preciso en la batería mientras Frank Delgado aportaba texturas y capas de teclados y samples que reforzaban la densidad de la interpretación.

El set continuó con “My Mind Is a Mountain”, una pieza densa y ominosa extraída de su más reciente álbum Private Music, que marcó el tono general de la presentación: un concierto donde el material nuevo ocupó un lugar central. De hecho, seis canciones del repertorio provinieron de ese disco —“Locked Club”, “Ecdysis”, “Infinite Source”, “Cut Hands”, “Milk of the Madonna” y la propia “My Mind Is a Mountain”— confirmando que la banda atraviesa una etapa creativa plenamente vigente. Fred Sablan, al bajo, sostuvo la base rítmica mientras Lance Jackman y Shaun Lopez intercambiaban riffs y armonías, aportando dinamismo y variaciones que hicieron que cada tema sonara fresco y potente.

Créditos: Lotus

Entre esos momentos recientes se intercalaron clásicos que mantuvieron el pulso del show. “Diamond Eyes” irrumpió con energía ascendente y fue recibida con entusiasmo, mientras que “Rocket Skates” descargó su furia abrasiva con un peso demoledor. Más adelante, la etérea “Sextape” introdujo un contraste contemplativo, y la vertiginosa “Swerve City” reactivó la intensidad del público. Fue justamente allí donde Chino Moreno animó a la multitud: “Alright Santiago, I want to see everybody all together jump!”, provocando un salto colectivo antes del último coro.

Fiel a su estilo, Moreno cantó buena parte del show con el micrófono aferrado entre ambas manos y casi pegado al rostro, una postura clásica que acentúa el carácter visceral e introspectivo de su interpretación. 

Tras la expansiva “Rosemary”, el cantante —visiblemente impresionado por la respuesta del público— se tomó un momento para agradecer: “Thank you, thank you… this is f*cking beautiful”. El repertorio también incluyó piezas como “Hole in the Earth”, la hipnótica “Change (In the House of Flies)” —acompañada por visuales rojizas que teñían el escenario como un atardecer inquietante— y “Genesis”, antes de llegar a “Milk of the Madonna”, precedida por un comentario que resumía el ambiente de la noche: “Wow, what a beautiful night”.

Si bien la banda recorrió distintas etapas de su carrera, su era más temprana —la de los años con el bajista Chi Cheng— fue evocada solo en contadas ocasiones. En total, seis canciones remitieron a ese período fundacional, incluyendo el explosivo cierre del encore con “My Own Summer (Shove It)” y la brutal “7 Words”, que desató una descarga final de energía entre los asistentes.

Lamentablemente para algunos, el disco homónimo de 2003 quedó completamente fuera del repertorio, dejando sin espacio a temas como “Minerva”, habitual favorito en sus conciertos.

Así, entre momentos etéreos, estallidos de furia y pasajes hipnóticos, Deftones firmó uno de los shows más intensos de la jornada. Ocho años después de su última visita, el grupo demostró que su magnetismo en vivo sigue intacto y que su mezcla de densidad, emoción y atmósfera continúa capturando al público chileno con la misma fuerza de siempre, gracias al trabajo conjunto de Moreno, Cunningham, Delgado, Sablan, Jackman y Lopez.

Por Eduardo Soto González

Profesor de Inglés de profesión, cronista musical por vocación.