Ocho años de espera transcurrieron desde la última presentación de los checos de Cult of Fire en Chile. Y la noche del sábado 16 de mayo, en el Teatro Cariola, esa espera terminó de la mejor manera posible: con una ceremonia de black metal inolvidable para quienes tuvimos la suerte de estar ahí.
La jornada, no obstante, comenzó a las 19:30 hrs. cuando subió al escenario Abbathor, banda oriunda de Concepción que se encargó de abrir los fuegos. Como viene siendo costumbre en los eventos metaleros, el teatro estaba bastante vacío cuando los penquistas comenzaron su presentación, algo que francamente es una lástima, porque la propuesta de Abbathor merece más atención de la que recibe.
La banda, formada en 2023, ya tiene en su haber un disco, titulado “From the Sight of Goat” lanzado el año 2025, un trabajo de black metal crudo y satánico que remite directamente a las raíces originarias del género, con letras que transitan entre el satanismo, el anticristianismo y la brujería del sur de Chile.
De su presentación, la figura que más destacó fue la de su cantante Panikos, cuyos guturales profundos y potencia le imprimieron una densidad oscura a cada canción. En sus cerca de treinta minutos, la banda pasó por momentos de genuina solidez, con temas como “Blasfemia Destination” y “Ancient Pagans” que sonaron con una contundencia que el escaso público supo aplaudir. Fue una presentación honesta y bien ejecutada que sin dudas cumplió el rol de abrir la jornada con seriedad y convicción.

Luego, llegó el turno de Kythrone que, con más de 20 años de trayectoria, subió al escenario para desarrollar su propuesta musical basada en un sonido apocalíptico y ortodoxo que aborda el luciferismo y el ocultismo desde una perspectiva visceral y directa. Sin embargo, su presentación resultó algo irregular. El sonido no los acompañó del todo, pues el bajo tendía a tapar la mezcla, generando un desbalance que le quitaba claridad a las interpretaciones. Además, en una de sus canciones, hubo un pequeño problema técnico que implicó que la guitarra dejara de sonar. Afortunadamente, fue un lapso breve que no terminó por empañar completamente el desarrollo de la canción.
De todas maneras, nada de esto invalida la propuesta de la banda ni su relevancia dentro de la escena, pero la presentación dejó la idea de que pudo haber sido mejor. Siempre es valioso conocer estas apuestas y reconocer el hecho de que una banda con esa trayectoria se pueda presentar en una noche de estas características.

Luego, vino una espera de unos 40 minutos donde el telón del teatro se cerró para que se preparara la ceremonia que todos estábamos esperando. En ese lapso, la afluencia de público se hizo mayor, aunque sin llenar completamente la cancha del recinto.
Cuando el reloj marcaba las 21:40 hrs., el telón se abrió para iniciar la liturgia de los checos. El escenario literalmente era un templo (no es una metáfora, tan de modas hoy por hoy en Chile), ya que había un altar central cubierto de velas encendidas, flores, incienso y ofrendas. A ambos lados del escenario, donde se ubicaban los guitarristas, se levantaban dos imponentes figuras de serpientes cobra que flanqueaban todo el espacio como guardianes de un ritual. Una puesta en escena brutalmente hermosa y acorde a la propuesta musical de Cult of Fire.
El cantante Vojtěch Holub fue el encargado de conducir el ritual. Vestido con una túnica ceremonial y una máscara de dimensiones considerables, parecía una deidad hindú que se dirigía a sus fieles; sus movimientos e interpretación vocal le otorgaban toda la solemnidad a cada canción.
En los 80 minutos que estuvieron en el escenario, los checos no hablaron con el público ni hicieron las típicas interacciones de agradecimientos entre canciones. Ellos simplemente desarrollaron su ceremonia de principio a fin, sin que nada rompiera con la atmósfera y solemnidad que se vivía en el teatro.
Musicalmente, la banda desplegó su propuesta de black metal tántrico atmosférico (como ellos mismos la denominan), que abandona deliberadamente el nihilismo y la iconografía anticristiana habitual del género para sumergirse en la cosmogonía hindú: deidades indias, la muerte como tránsito sagrado, la reencarnación, el trance como vía hacia la iluminación, etc. La música tenía esa doble naturaleza característica del grupo, por un lado la brutalidad del metal extremo conviviendo con pasajes contemplativos que invitaban a algo parecido a la meditación.
En cuanto al sonido, este fue impecable, generando una atmósfera completamente inmersiva y envolvente, que exigía una atención sensorial completa a los fanáticos presentes. No era solo escuchar, era también contemplar toda una propuesta esotérica y mística que nos trasladó al misticismo oriental, la cultura hindú y el budismo.
Fue, en definitiva, una noche de las que no abundan en la cartelera local. No porque Cult of Fire sea simplemente una buena banda de metal, sino porque lo que proponen en vivo es una experiencia que trasciende el concierto convencional. Una liturgia que, en el Teatro Cariola, encontró el espacio que necesitaba para desplegarse en toda su magnitud.

Fotografía por Rubén Garate (@brutal_pebre_ en instagram).
