Se acerca el final del 2026: llegó noviembre y justo el comienzo del mes cayó un día domingo. El sagrado día de descanso, jornada para ir a misa, ir al estadio a ver fútbol u otra actividad es la dinámica de la rutina pero este 1 de noviembre fue distinto porque, una vez más Opeth estuvo el Santander Arena, para presentarse en un show que dio el inicio de la gira latinoamericana de su última placa musical “The Last Will and Testament”.
La novedad de este recital fue, que es la primera vez que están como main event en un recinto diferente del que fuera el que está en calle San Diego en la comuna de Santiago: ahora sería en el recinto bajo techo del Parque O’Higgins. Se destinó la mitad de la infraestructura, para ser testigos de la ceremonia que ofrecerían los suecos. Además también se confirmó, como acto de apertura, la vuelta a la actividad musical, los legendarios Mar de Grises, quienes estuvieron en silencio una gran cantidad de años y que han tenido un par de presentaciones previas a este magno evento.
A las 18 horas las puertas de la arena fueron abiertas y un pequeño grupo de personas comenzó a ingresar. El ambiente estaba muy tranquilo y distendido, pues solo habían los clásicos espacios para comer y beber para armar la previa más el stand de merchandising oficial de la banda con precios “interesantes”.
Pocos minutos quedaban para las siete de la tarde y los fanáticos ya estaban instalados en lugares de privilegio (premio al llegar temprano) para ver el primer acto de la jornada: después de trece años sin tocar, Mar de Grises vuelven a ser el invitado previo para Opeth. Con el death y doom característicos, los santiaguinos empiezan con “Starmaker” y la ejecución fue magistral de principio a fin de la canción.
Durante el transcurso del tiempo, lentamente el Santander Arena comienza a completar las plateas y los nacionales prosiguen con “Shining Human Skin” y “The Bell and the Solar Gust”. Hasta esa altura de la presentación de Mar de Grises, se sintió una interesante solidez musical y los integrantes muy cómodos con su presentación, pues el sonido estuvo a la altura de las circunstancias de la banda.
A continuación, presentan su último single editado y se trata de “Surrender to the Fall”. Ya finalizando su show y con la cancha general con gran cantidad de aficionados, se despiden con “Recklessness” a falta de aproximada media hora del “plato fuerte” del día.
En un recinto con aforo casi completo, cerca de las 20 horas la gente y como es costumbre, comienza a impacientarse y a exigir que Opeth salga a la brevedad. Justo a la hora empieza la tenebrosa “Seven Bowls”, la cortina previa que usan los suecos para anunciar su llegada al escenario y los gritos se multiplican para recibir a la agrupación.
Aparecen Valtteri Väyrinen (baterías), Joakim Svalberg (teclados), Fredrick Åkesson (guitarras), Martín Méndez (bajo), por último el jefe Mikael Åkerfeldt (vocales y guitarrista) y la locura, algo ya cotidiano en los recitales, se desata. Se toman tiempo para prepararse, tomar posición en el escenario para dar con el inicio de este espectáculo y la primera canción es “Ş1” (párrafo uno) del último disco “The Last Will and Testament”, que fue ovacionada inmediatamente y por consiguiente, disfrutada por la fanaticada chilena.
No es de esperarse que la canción de su última placa, con una tecnicidad y complejidad que tiene en formato de estudio, en directo tiene otra esencia y eso Opeth lo sabe de sobra pues sonó con una gran intensidad, sobre todo las baterías de Väyrinen. La incertidumbre vuelve aparecer, nuevamente esperan un poco para seguir con la presentación y con una actitud avasalladora aparece el corte del “In Cauda Venenum” la interesante “Hjärtat Vet Vad Handen Gör”, la cual es interpretada por “Miguelito” en sueco y mantiene la poderosa intensidad del hard rock a un final con pasajes limpios.
El público ya estaba entregado a los pies de Opeth y prosigue con “Godhead ‘s Lament” del magnífico “Still Life”: los años noventa no podían estar ausentes y el death metal progresivo de antaño no podía estar fuera de esta magnífica gala. A esta altura y con tres canciones, la agrupación estaba como si fuera el patio de su propia casa y la comodidad se sentía latente.
Una pequeña pausa y Åkerfeldt, con su particular estilo, comienza a interactuar con la gente lanzando bromas y contando cosas random durante el show. Luego anuncia otra del último disco y sigue con “Ş7” (párrafo 7) con gran solidez y recordando lo que fue esa lectura del sombrío testamento con la catarsis para luego seguir con “The Devil’s Orchard”.
Otra pausa para amenizar el encuentro con Opeth y su incondicional fanaticada para llegar a la época del “Damnation”. La elegida, una vez más, es la conmovedora “Windowpane” y genera un ambiente psicodélico durante unos siete minutos de atmósfera íntima con gran aportes de Åkesson y Méndez con sus respectivos instrumentos.
Llega uno de los peaks del concierto y “The Grand Conjuration” se apodera de la cancha del Santander Arena, como antítesis de la canción anterior. Se intensifican los saltos y mosh pit en la poderosa pieza del “Ghost Reveries” y nadie quedó indiferente con el tema, pues dejó erizados a los espectadores y acá se luce Joakim Svalberg con su tétrico y malévolos teclados para armonizar la canción.
La vieja escuela sigue en pie y sale otro conejo del sombrero de Mikael: “Demon of the Fall” (1998) es la elegida y emocionante para los más adultos que siguen a los suecos desde hace mucho tiempo. Impresionó cómo se coreó fuertemente “demon, demon of the fall; demon, demon of the fall”. El concierto ya encaminaba en terminar su primera parte y la triada “Ş3” (párrafo 3), “The Drapery Falls” y la rareza del evento “Hex Omega”, fueron recibidas con éxtasis.
Cerca del final, Opeth sale del escenario y vuelven para un momento inédito y de incredulidad que terminó en muchas risas: por primera vez en el país realizan un cover de la magnífica canción “You Suffer” de Napalm Death y su duración es de ¡1,316 segundos! Y no solo eso ¡La repitieron de nuevo con los fans cantando! ¡Una cosa loca!
Volviendo a la seriedad, finalizan con la ya clásica “Deliverance”: caos total y fulminante en la cancha con una felicidad e intensidad a tope. Un perfecto cierre en dos horas de música que Opeth mostró cosas bien sólidas y que, a pesar de un setlist que se sintió tibio para algunos, la experiencia que ofrecen es única y su sonido característico no cambia al pasar del tiempo con los próceres, quizás agregando una nueva categoría, la del death metal hard rock progresivo.
¿Conclusiones? La elección de las canciones para promocionar el último disco están bien concebidas porque acá se dio continuidad a una conceptualización que debe ser concordante a la teatralidad de la gira. Lo llamativo también es la inclusión de elementos visuales que dieron un plus al espectáculo de Opeth, pues en presentaciones previas (como solistas) siempre fue con un telón al fondo; ahora con pantallas generan otro tipo de sensorialidad y se sintieron en varias canciones. El espacio también fue determinante y que la banda haya ocupado la mitad del Santander Arena deja en claro que en Chile se vive con Opeth.
Por último, cada vez que pasan los años la voz de Mikael Åkerfeldt sigue teniendo una gran performance en directo: muy pulcro en sus voces limpias y lo reposado con consistencia en sus growls es un gran privilegio para un hombre de 52 años, ya que la voz hay que cuidarla.
Las presentaciones de Opeth son un lujo y esta vez no fue la excepción. Les encanta venir a nuestro país y ellos lo saben porque sienten que hay complicidad con su público. Opeth firmó en el testamento su derecho vitalicio en Chile.

