La historia del rock está llena de bandas que pasaron décadas perfeccionando su fórmula, aunque eso no es necesariamente negativo. Después de todo, una identidad clara facilita la conexión con la audiencia, convierte el sonido en una marca reconocible, transformándose cada nuevo lanzamiento en una variación de algo familiar de lo que va formando una especie “definitiva” de uno mismo, una que existe para ser descubierta. Los músicos lo llaman “encontrar su sonido” y los críticos celebran esos aciertos, pero ¿cómo construyes una identidad cuando cada álbum intenta escapar del anterior? La identidad, especialmente en el arte se convierte en hábito y rara vez la falta de repetición funciona. Por eso tantas bandas terminan sonando como las versiones refinadas de discos que publicaron diez años atrás y lo peligro de esa limitación, es que eventualmente dejan de perseguir algo nuevo y con ello, se agota la innovación.
SHAME nunca pareció interesado en ese proceso, ya que desde su debut han construido una carrera basada en una contradicción aparentemente imposible como lo es no tener una identidad artística y nunca aferrarse a una identidad fija. Después de encontrar un espacio cómodo dentro del resurgimiento del post-punk británico de finales de la década pasada, en vez de pulir ese espacio, han pasado los últimos años alejándose constantemente de cualquier versión que los amenace con volverse demasiado estables. En esa línea, cada nueva placa desconfía profundamente de las conclusiones del anterior y se sienten siempre como el fin de un ciclo creativo que se reinventa y se observa a sí mismo constantemente, y con todo eso, siguen sonando a SHAME.
Cuando irrumpen con “Songs of Praise” (2018) se presentaron como una banda impulsada por una sensación de urgencia que iba mucho más allá de la simple agresividad. Las guitarras eran filosas, las canciones avanzaban con energía confrontacional y la voz de Charlie Steen denostaba permanente tensión. Como muchas bandas jóvenes, parecían obsesionados con el exterior, con la frustración generacional, la sensación de habitar un mundo que ya había comenzado a desmoronarse antes de que ellos llegaran, la necesidad de responder a ese colapso aumentando todavía más la velocidad. Ellos querían transmitir movimiento, inquietud constante que convertía la rabia en combustible y hacía que el debut sonara menos como una colección de canciones y más como una banda con voz.
Pero la rabia no dura para siempre y con ”Drunk Tank Pink” (2021), esa mirada cambió de dirección. La energía fue reemplazada por algo mucho más claustrofóbico; si el debut sonaba enojado con el mundo exterior, para el segundo álbum las estructuras se volvieron menos previsibles, las guitarras más nerviosas y las canciones comenzaron a explorar la ansiedad como lenguaje musical. La tensión ya no provenía únicamente de la velocidad o el volumen; aparecía en la forma en que las canciones parecían estirarse hasta el límite de su propia estabilidad, quizás por eso resulta tan fascinante, porque no amplía las ideas de su predecesor, y la adrenalina es reemplazada por la ansiedad. Era exactamente el tipo de disco que muchas bandas evitan hacer después de un debut exitoso, un álbum incómodo, inquieto e introspectivo que corría el riesgo de alienar a quienes esperaban una simple repetición de la fórmula.
Y entonces llega “Food for Worms” (2023), quizás el giro más inesperado de todos. Un disco más melódico, más abierto emocionalmente, y menos interesado en la propia banda. Después de años mirando hacia afuera y hacia adentro, tocaba mirar alrededor; amistades, relaciones, personas. Las canciones dejan de centrarse en grandes ideas para preocuparse por vínculos concretos, relaciones que cambian y distancias emocionales imposibles de ignorar. El resultado es un trabajo más abierto, más cálido y, paradójicamente, más humano que cualquier cosa que SHAME había hecho hasta la fecha, y quizás por eso representa una forma distinta de madurez.
“Cutthroat” (2025) borra todo lo que los discos anteriores pintaron como etapas de una búsqueda, porque se sienten como una banda que finalmente aceptó que nunca encontrará una respuesta definitiva sobre sí misma y hay muchísima libertad en eso, no existe la necesidad de definirse, ni la presión de cumplir expectativas, porque solo se deben al movimiento. Después de cuatro discos, resulta evidente que su identidad nunca estuvo en la rabia de Songs of Praise, la ansiedad de “Drunk Tank Pink”, la vulnerabilidad de “Food for Worms” o el caos de “Cutthroat”, sino en la decisión de abandonar cada una de esas versiones antes de que pudieran encerrar su creatividad en una jaula.
SHAME estará presentándose en Chile este 15 de junio en Club Chocolate
Las entradas se encuentran disponibles a través del sistema puntoticket
Produce: Stgo Fusión

